La brecha de financiamiento de infraestructura

Agosto 2026
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Por qué las restricciones fiscales, el repliegue de los bancos y la creciente demanda de infraestructura están creando una oportunidad atractiva para los prestamistas privados.

Durante décadas, la infraestructura se financió principalmente mediante un modelo conocido: los gobiernos financiaban los sistemas esenciales que requerían las economías, mientras que los bancos proporcionaban gran parte del financiamiento a nivel de proyectos. Hoy, aunque ese modelo no ha desaparecido, ya no es suficiente.

La magnitud de las necesidades ha aumentado justo cuando las fuentes tradicionales de financiamiento enfrentan mayores restricciones. Es necesario reemplazar activos obsoletos, construir nuevos sistemas y responder a una demanda creciente de infraestructura energética, de transporte, digital y social. Sin embargo, los gobiernos gestionan elevados niveles de endeudamiento y prioridades presupuestarias que compiten entre sí, mientras los bancos enfrentan presiones regulatorias y de balance que limitan su disposición a otorgar créditos de largo plazo y de mayor complejidad para proyectos de infraestructura. Esta combinación está transformando el papel de los prestamistas privados. Antes considerados un complemento del financiamiento público y bancario, hoy se convierten cada vez más en una fuente de capital necesaria para el desarrollo de infraestructura.

Las estimaciones de McKinsey indican que hasta 2040 se requerirán US$106 billones de inversión global en infraestructura. El transporte representa aproximadamente US$36 billones de ese total, seguido por energía y electricidad, con US$23 billones; infraestructura digital, con US$19 billones; e infraestructura social, con US$16 billones. En otras palabras, el desafío mundial en infraestructura se ha convertido en un amplio ciclo de reconstrucción y expansión de los sistemas físicos y digitales que sustentan el crecimiento económico, un ciclo que probablemente dependerá en mayor medida del crédito privado que los anteriores.

La infraestructura adquiere un carácter estratégico

Diversas tendencias de largo plazo están reforzando el desplazamiento de la infraestructura desde un segundo plano en el debate de políticas públicas hacia el centro de las prioridades nacionales. La transición energética requiere nuevos activos de generación, redes de transmisión y modernización de las redes eléctricas. Asimismo, la digitalización exige centros de datos, fibra óptica, redes inalámbricas e infraestructura computacional. El crecimiento de la inteligencia artificial está añadiendo una nueva capa de demanda, especialmente de electricidad, a medida que la expansión de los centros de datos impulsa las necesidades energéticas en las distintas fuentes de generación.

La magnitud de la actividad indica que la deuda de infraestructura ha dejado de ser un segmento de nicho dentro de los mercados privados. De hecho, el volumen global de transacciones de infraestructura —considerando deuda y capital— superó los US$1,5 billones en 2025, el quinto año consecutivo por encima del umbral de US$1 billón. Solo en Norteamérica, el volumen alcanzó aproximadamente US$650.000 millones en 2025, frente a US$279.000 millones en 2020. Con inversionistas y prestamistas respondiendo activamente, la deuda de infraestructura se está consolidando como un canal relevante para el capital institucional y la asignación de portafolios.

No se trata solo de rentabilidad

Uno de los factores que hace tan atractiva a la deuda de infraestructura es que se sitúa en la intersección entre el crédito y los activos reales. Desde la perspectiva crediticia, muchas inversiones están respaldadas por contratos de largo plazo, marcos de ingresos regulados, derechos de cobro preferentes y garantizados, cláusulas financieras, controles sobre los flujos de caja y mecanismos de liquidez. Desde la perspectiva de los activos reales, la deuda de infraestructura ofrece exposición a servicios esenciales vinculados a activos físicos que pueden mantenerse en uso durante décadas.
En el entorno actual, esta combinación resulta especialmente relevante. Las estrategias de deuda de infraestructura con grado de inversión suelen aspirar a rentabilidades de entre 6% y 7% o más, mientras que las estrategias de alto rendimiento apuntan a entre 7% y 10% o más. Si se combina este potencial de retorno con el hecho de que los ingresos provienen de activos que prestan servicios esenciales —a menudo con una demanda relativamente inelástica, flujos de caja contractuales o regulados y, en algunos casos, ingresos vinculados a la inflación—, se obtiene una clase de activo con verdadero potencial para contribuir a la diversificación de un portafolio.

El desempeño crediticio histórico refuerza la oportunidad que representa la deuda de infraestructura para los inversionistas. Según datos de Moody’s, entre 1983 y 2024 la deuda corporativa no financiera registró una probabilidad de incumplimiento aproximadamente cuatro veces mayor que la deuda de infraestructura. Asimismo, las tasas de pérdida acumulada de la deuda corporativa fueron cerca de seis veces y media superiores. En definitiva, la resiliencia de la deuda de infraestructura ha reflejado con frecuencia tanto las protecciones estructurales para los prestamistas como el valor duradero de los activos esenciales.

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Evaluar lo que puede controlarse

Sin embargo, un mercado en crecimiento no equivale a un mercado libre de riesgos. A medida que la deuda de infraestructura adquiere mayor relevancia en los portafolios institucionales, los prestamistas deben distinguir entre los riesgos que pueden evaluarse y mitigarse mediante una estructuración adecuada y aquellos que requieren un análisis más profundo. Factores a nivel del activo, como la calidad crediticia, el historial operativo, el apalancamiento y la estabilidad de los ingresos, son fundamentales; pero también lo son aspectos más difíciles de modelar, como la política, la regulación, el gobierno corporativo, los avances tecnológicos y los riesgos de obsolescencia. Es allí donde la disciplina y la experiencia en el análisis crediticio se convierten en el verdadero factor diferenciador.

Para los inversionistas, esto implica mirar más allá de la temática general y centrarse en cómo se origina, estructura y monitorea cada oportunidad, así como en determinar si los flujos de caja y las protecciones son suficientemente sólidos para resistir cambios en las condiciones. En un mercado de esta magnitud y diversidad, la disciplina para protegerse frente a escenarios adversos es tan importante como el acceso a las oportunidades.

Esa disciplina es precisamente lo que otorga a la deuda de infraestructura un atractivo más amplio. Esta clase de activo puede contribuir a la generación de ingresos y a la diversificación de los portafolios, pero su relevancia principal proviene de la brecha de financiamiento que la sustenta: el mundo necesita más infraestructura de la que los gobiernos y los bancos pueden financiar por sí solos. Para los inversionistas capaces de combinar acceso con un análisis crediticio riguroso, esa brecha podría convertirse en una de las oportunidades más duraderas del crédito privado durante esta década.

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